No es la realidad, sino lo que piensas sobre ella – El hacha perdida


CUENTO: El hacha perdida

Fuente: El libro de la perfecta vacuidad, libro VIII capítulo 34. Texto taoísta escrito por el filósofo chino Lie Yukou.


RESUMEN DEL EPISODIO


No podemos leerle la mente a nadie, así que muchas veces cuando pensamos que otra persona nos está juzgando, traicionando u odiando, podemos estar equivocados.

Por eso es importante cuestionar nuestros pensamientos, y no simplemente asumir algo que nos cause dolor.

Las cuatro preguntas para aplicar a nuestros pensamientos:


OTRAS FUENTES


Las 4 preguntas de Byron Katie (El Trabajo)

Dietrich Bonhoeffer, el pastor luterano que conspiró para matar a Hitler


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


A todos nos ha pasado. Una compañera nos mira feo en clase y sabemos que nos está juzgando. Un amigo nos deja el WhatsApp en visto y sabemos que no importamos nada para él. Nuestra pareja dice algo que nos hiere y sabemos que lo hizo de aposta.

Pero, ¿y si no? ¿Y si todo este tiempo hemos estado equivocados?

Te voy a contar un cuento que contó un filósofo chino hace mucho, mucho tiempo.

Había una vez en la China antigua un leñador que salió a trabajar y descubrió que no hallaba su hacha por ningún lado. Y se puso a buscarla, pero no, no estaba donde siempre la guardaba.

Y en ese momento vio pasar al hijo del vecino. ¡Ah, claro! Este muchacho se robó mi hacha. Y empezó a enojarse el leñador.

Se acordó que precisamente anoche, el hijo del vecino había estado con algunos de sus amigos, adolescentes, muchachos de esos que no servían para nada, que no trabajaban, que siempre estaban por ahí en grupito. Había estado la noche anterior cerca de su taller. ¡Claro!

El hijo del vecino saludó al leñador y el leñador le devolvió el saludo. Pero se quedó observando al muchacho y se dio cuenta que el muchacho apartó la mirada muy rápido, que caminaba con los hombros encogidos un poco, como si tuviera algo que esconder.

Ese muchacho camina como un ladrón. Ese muchacho habla como un ladrón. Ese muchacho es un ladrón, pensó el leñador.

Pero no tenía cómo demostrarlo, así que no podía hacer nada todavía. Decidió irse al bosque a pensar, a calmarse un poco, porque con la ira que tenía, era capaz de ir a pegarle un coscorrón al muchacho y después meterse en problemas con el vecino.

Así que más bien se fue al bosque para calmarse un poco. Y tan pronto entró al bosque, ahí estaba su hacha. Clavado en uno de los troncos, exactamente en el mismo lugar donde lo había dejado el día anterior.

¡Ay, verdad que se me había quedado aquí!, dijo el hombre. Y tomó su hacha y se fue feliz a trabajar.

Y esa noche volvió a casa y volvió a ver al hijo del vecino, quien lo volvió a saludar. Y el leñador le devolvió el saludo al hijo del vecino. Y qué raro, el hijo del vecino ahora saludaba, caminaba, miraba, no como un ladrón, sino como un muchacho normal.

Una vez casi tuve un gran problema con una compañera del colegio, porque ella pensaba que estaba brava con ella.

Menos mal, me dijo. Me confrontó, enojada. ¿Por qué no me devolviste el saludo ayer?

Y yo, ¿qué?

Ayer, cuando nos vimos en el supermercado, yo te saludé, te llamé, tú me miraste, pusiste mala cara y seguiste caminando derecho rápido. No me saludaste, no viniste a hablar conmigo. ¿Qué pasa pues? ¿Qué problema tienes conmigo?

Y yo, ¡ah! Menos mal, me dijo.

Yo no la había visto, yo no la había escuchado. Habían pasado dos problemas al mismo tiempo. Uno, se me habían dañado los lentes de contacto y no veía nada. Entonces, ni modo la iba a reconocer a menos que la tuviera en frente mío.

Y el otro problema es que precisamente cuando estaba en el supermercado, yo entré al supermercado en una misión, una misión urgente. Me estaba reventando y tenía que encontrar un baño lo antes posible.

Así que yo no le estaba prestando atención a nada a mi alrededor. Yo iba, obviamente, haciendo mala cara porque no me estaba sintiendo muy bien, e iba derechito a buscar el baño. No la vi, no la escuché. Puse mala cara no por ella, sino por cómo me estaba sintiendo.

Y menos mal, me dijo, y nos pudimos reír y seguimos amigas como siempre.

Pero donde no me hubiera dicho nada, ¿qué hubiera pasado? Ella hubiera seguido pensando que yo estaba brava con ella, que era una engreída, que no le devolvía el saludo, que la miraba feo, que pensaba mal de ella, algo así.

Y por lo tanto, ella se habría vuelto fría y enojada conmigo. Y yo no habría tenido idea por qué.

Y hubieran podido pasar dos cosas.

Y se hubiera podido perder una bonita relación.

No éramos, pues, las mejores amigas ni nada así, pero se hubiese podido producir un problema de convivencia por una bobada, algo totalmente innecesario, por un malentendido, porque una persona asumió que la otra persona estaba pensando o haciendo algo que la otra persona no estaba pensando ni haciendo.

Uno no le puede leer la mente a nadie. Puede que uno sí tenga razón y la otra persona está enojada o te está ignorando deliberadamente o está tratando de herirte, pero puede que no.

Puede que uno esté malinterpretando algo.

¿Recuerdan ese meme donde está la pareja en la cama y la chica está volteada mirando al chico que está de espaldas a ella y la chica dice, seguro está pensando en otra, y el chico está pensando en cualquier cosa, en el partido de fútbol, en lo que sea que el meme quiera decir en ese momento? ¿Cuántas veces no nos pasa eso?

Que asumimos algo y no, no cometamos ese error, porque es un error demasiado estúpido y es un error con consecuencias demasiado graves.

Se pueden dañar relaciones enteras por asumir falsamente.

Muchas veces lo que nos duele no es la realidad en sí, es lo que nosotros creemos sobre la realidad.

Pienso en el ejemplo de Dietrich Bonhoeffer, un maestro y teólogo alemán cristiano que siempre dirigió a sus alumnos en la resistencia en contra de los nazis.

Y sin embargo, tiempo después, esos mismos alumnos se lo volvieron a encontrar trabajando para el Tercer Reich, gritando Heil Hitler y siendo un nazi como todos los demás.

Los alumnos se sintieron traicionados. Ellos estaban luchando por la resistencia y aquí el maestro que los había inspirado se había volteado y ahora era uno de los que los perseguían.

Lo odiaron. Lo odiaron más que el mismísimo Hitler. Se sintieron completamente traicionados por él y murieron sin saber la verdad, sin llegar a saber que su maestro no los había traicionado para nada.

Al contrario, se había vuelto espía. Había logrado infiltrar el partido nazi, había logrado convencerlos de que él era uno de ellos, pero estaba luchando por la resistencia desde adentro, arriesgando su vida, su familia, todo. Y finalmente lo descubrirían y moriría ejecutado por el régimen.

Así que no fueron los actos del maestro Dietrich Bonhoeffer lo que le causaron tanto sufrimiento a los alumnos, lo que les produjo aquella sensación de odio, de rechazo, de traición. No fueron las acciones del maestro. Fue lo que los alumnos pensaron, creyeron sobre las acciones del maestro, lo que les produjo tanto dolor.

Porque de donde hubiesen conocido la verdad, no se hubiesen sentido traicionados.

Muchas veces no es la realidad lo que nos lastima, es lo que creemos sobre la realidad.

Hay un ejercicio extraordinario transformador que descubrí hace poco que inició una mujer llamada Byron Katie en los Estados Unidos.

Son cuatro preguntas, cuatro preguntas para transformar tu vida o por lo menos para transformar un pensamiento que te está causando dolor.

Lo primero que tienes que hacer es identificar un pensamiento que tienes sobre otra persona que te está causando malestar de alguna forma y analiza ese pensamiento.

Por ejemplo, mi pareja no me quiere. Puede que sea verdad, puede que no. Simplemente vamos a analizarlo. Vamos a estudiar este pensamiento.

Vamos a hacerle cuatro preguntas:

Y muchas veces si nos ponemos realmente a ser honestos con nosotros mismos, si nos ponemos a pensar, bueno, no, estoy exagerando un poco, sí, me estoy sintiendo mal, pero realmente yo sé que sí me quiere. Dijo algo que me hirió o estamos peleando en este momento, estamos pasando por un mal momento, pero yo sé que sí me quiere.

Bueno, descartado entonces. Mi pareja no me quiere, no es verdad. Mi pareja sí me quiere.

Entonces tengo que buscar otro pensamiento y ver por qué me estoy sintiendo mal.

Pero digamos que uno dice que sí. Mi pareja no me quiere, ¿es verdad? No, no me quiere, yo sé que no me quiere. Nunca me respondió el mensaje. Cuando llegó a la casa, fue, se acostó ahí mismo. Casi ni me volteó a ver, no me quiere.

Bueno, entonces, segunda pregunta.

Si siento que ese pensamiento es verdadero, la segunda pregunta es, ¿puedo tener absoluta certeza de que es verdad?

Y muchas veces, la mayoría de las veces incluso, si uno realmente se pone a pensar, no, no podemos tener absoluta certeza de nada. No le podemos leer la mente al otro. A menos que nos diga abiertamente y sepamos que está diciendo la verdad, cosa que a veces también se puede dudar. No podemos tener absoluta certeza de que lo que estoy pensando sobre el otro es cierto.

Entonces, por lo menos sabemos que está la duda. Puede que sea cierto, pero puede que no. No puedo tener absoluta certeza. No puedo estar del todo segura. Está la duda.

Tercera pregunta.

¿Cómo me hace sentir ese pensamiento? Cuando pienso, mi pareja no me quiere, ¿cómo me siento? ¿Cómo reacciono? ¿Qué sucede dentro de mí? Y ahí uno empieza a analizarse.

Pues cuando yo pienso que mi pareja no me quiere, me pongo triste, siento como náuseas en el estómago, como si fuera a vomitar. Me da ansiedad. Me empieza a dar miedo que de pronto estamos viviendo juntos, pero si no me quiere, entonces vamos a terminar. Entonces ya no voy a poder vivir con él. Entonces, ¿qué voy a hacer? ¿Para dónde me voy a ir? Siento que se me aprietan mucho los hombros.

¿Cómo reacciono yo cuando pienso ese pensamiento? Simplemente analízalo.

Y cuarto.

¿Quién sería yo si no creyera eso? Si yo no pensara que mi pareja no me quiere, ¿cómo me sentiría?

Ah, pues si yo no tuviera ese pensamiento, si yo no tuviera esa duda, me sentiría más liviana, estaría tranquila, pensaría, ve, ¿qué le pasó hoy? ¿Por qué entró así como que no me quiso hablar? Eso no es normal en él. De pronto hay alguna otra razón. De pronto necesita simplemente su espacio por ahora, pero mañana le pregunto, trato de hacer algo especial por él, para explicarle cómo me estoy sintiendo y ver qué está pasando.

Si yo no creyera que mi pareja no me quiere, no estaría aquí preocupándome y dándole vueltas al asunto y llorando. ¿Qué estaría haciendo? ¿Quién sería yo si no creyera ese pensamiento?

Analizar nuestros pensamientos, especialmente cuando se trata de otras personas, es algo supremamente valioso y necesario de hacer, porque muchas, muchas veces estamos equivocados y no nos damos cuenta hasta que no nos cuestionamos.

Es fácil ver algo y asumir que ya entendemos lo que está pasando. Y puede que sí, pero muchas veces no.

Así que la próxima vez que pienses algo sobre alguien que te moleste, que te causa dolor, analiza ese pensamiento.

Analiza tus pensamientos con curiosidad para que no veas al hijo del vecino caminar como ladrón, saludar como ladrón, mirar como ladrón, cuando realmente no es ladrón.

Autoexamínate y verás que el mundo empezará a lucir distinto y ojalá un poco mejor.

Siempre podemos estar equivocados, así que autoexaminar nuestros propios pensamientos, eso también es vivir con valor.

Gracias por escuchar mis historias.